agosto 18, 2010

Las Escrituras y nosotros

«Cuando hablas de la Realidad», dijo el Maestro, «intentas expresar con palabras lo Inexpresable, de manera que lo más seguro es que tus palabras no se entiendan. Del mismo modo, las personas que leen esa expresión de la Realidad que llamamos 'Escrituras' se vuelven estúpidas y crueles, porque no siguen la lógica de las Escrituras, sino lo que ellas piensan que dicen las Escrituras».



Y lo ilustraba con una parábola:
«El herrero del pueblo contrató a un aprendiz dispuesto a trabajar duro por poco dinero, y se puso a instruirlo:"Cuando yo saque la pieza del fuego, la pondré sobre el yunque; y cuando te haga una señal con la cabeza, golpéala con el martillo".El aprendiz hizo exactamente lo que creía que le habían dicho, y al día siguiente se había convertido en el nuevo herrero del pueblo».





Anthony de Mello, Un minuto para el absurdo.

julio 16, 2010

El porqué defender a las minorías

"Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata,

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,

Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
porque yo no era judío,

Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar".


Martin Niemöller, teólogo alemán.

junio 21, 2010

Las iglesias protestantes argentinas y el proyecto de matrimonio homosexual: una propuesta de reconciliación

En las últimas semanas, las iglesias protestantes argentinas se vieron divididas por su posición frente a un proyecto de ley que busca permitir contraer matrimonio a las parejas homosexuales que así lo deseen, del mismo modo que las parejas heterosexuales pueden hacerlo.
Para quien no lo sepa, en el país existen tres organizaciones que nuclean a estas iglesias: FACIERA, FECEP y FAIE. Sólo a modo de referencia (un tanto reduccionista), en la primera se encuentran las iglesias bautistas, de hermanos libres y algunas independientes; en la segunda se ubican las pentecostales; y en la tercera las históricas, como la metodista, luterana unida, reformada, valdense, menonita, etc.
El conflicto comenzó cuando FACIERA y FECEP en conjunto emitieron un comunicado a los pastores de sus iglesias en donde declaraban: “Ha llegado el momento de decir lo que Dios piensa al respecto”, y llamaban a organizar a sus miembros en una protesta frente al Congreso de la Nación para repudiar este proyecto de ley. A estos pedidos de protesta se le sumaron otros en donde se pedía repetidamente que se vote en contra en determinadas encuestas, se mande mails y cartas a los diputados que votaron a favor del proyecto, se difunda su pensamiento por cuanto medio sea posible, etc. Por supuesto, todo fundamentado en la idea de que Dios condena la unión homosexual, y por tanto el Estado no debe permitir que se formalice.
En respuesta a estas cuestiones, FAIE emitió un comunicado propio en dónde se declaraba: “Respetando profundamente la libertad de conciencia y de expresión, aclaramos que, tanto ACIERA como así también FECEP, hablan por sus propias iglesias federadas, pero no en nombre del "pueblo" evangélico argentino ni de las Iglesias Evangélicas o Protestantes en general”. De este modo, se buscó romper con la idea de que el ser protestante era igual a estar en contra del proyecto de matrimonio homosexual. Seguido a esto, algunas de las iglesias que forman parte de la FAIE se manifestaron directamente apoyando el proyecto y, por ende, condenando las protestas.
Ahora bien, eso es sólo a nivel macro, porque en las bases la cuestión estuvo mucho más caldeada: esta lucha interna llevó a innumerables peleas entre cristianos acerca de cuál era la actitud a tomar. En el abanico de posibilidades se encontraba desde el asistir a esas marchas convocadas por FACIERA y FECEP, condenando rotundamente el tema; hasta el participar de encuentros que buscaban dar apoyo al proyecto desde diversos sectores. En el medio quedó gente que no sabía qué hacer, que se vio ante la disyuntiva de qué es lo que un “cristiano” debía hacer.
La discusión por momentos dejó de ser acerca del proyecto de ley y se convirtió en si en realidad la homosexualidad es pecado o no. Y ahí es donde lecturas literalistas de la Biblia se encontraron que otras más críticas y todo estalló.
Se llegó a argumentar inclusive que había que mantener el debate tras bambalinas, para que “el mundo” no vea una iglesia dividida; o se lo intentó acallar, creyendo que nada bueno podría salir de él. Incluso se llegó a dejar “fuera del pueblo de Dios” al que pensaba diferente.
Y, sin embargo, muchos cristianos siguieron atrapados en medio de la discusión, con declaraciones de parte de sus iglesias que no los representaban, con silencios cómplices que los confundían, con ausencia de debates que aclararan sus dudas, con posturas rígidas que los obligaban a amoldarse o quedar afuera… y allí está el quid de la cuestión.

Se habla de la unidad de las iglesias, confundiendo el término “unidad” con “homogeneidad”: ser uno sería pensar igual, actuar igual, adorar igual, ser igual en todo. De tal modo, se extrae la idea de que para ser cristiano se debe pensar de tal modo, obrar de tal modo, adorar de tal modo, ser de tal modo. A esto se lo llama ortodoxia, del griego opinión recta/correcta, o bien pensamiento único (único legítimo, por cierto).
Ahora bien, frente a este concepto se presenta el de heterodoxia (del griego diferentes opiniones), donde la clave no está en la homogeneidad, sino en la diversidad. Para ser cristino no se debe pensar de tal forma (en todo caso, sólo se debe pensar), no se debe obrar de tal forma (en todo caso, sólo se debe obrar), no se debe adorar de tal forma (en todo caso, sólo se debe adorar), no se debe ser de tal forma (en todo caso, sólo se debe ser). Y así, cualquiera de las variantes en las que se pueda pensar, obrar, adorar o ser, es válida.
Muchas veces se emite la propia opinión olvidando que la función de la levadura es leudar la masa, y no convertir a todo en levadura. Muchas veces se piensa que la función del cristiano es defender la ortodoxia, cuando únicamente está llamado a proclamar al Dios-hecho-carne.

El primer concilio de la Iglesia está narrado en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Se celebró en Jerusalén cerca del año 50 d.C. y su propósito fue definir si el ser cristiano incluía necesariamente el ser culturalmente judío. “¿Deben circuncidarse (seguir toda la Ley) los gentiles que quieran seguir el Camino?”, fue la gran pregunta. Y la (gran) respuesta fue: no. El texto relata cómo el Espíritu Santo se manifestó a fin de demostrar que para ser cristiano no es imprescindible pensar/actuar/adorar/ser de una única manera. Los gentiles pueden ser cristianos sin hacerse judíos antes. Y así ganó la heterodoxia.
Sin embargo, luego vinieron otros concilios en los que, al revés que en el primero, se fue delimitando más el ser cristiano: cómo entender la naturaleza de Cristo (Nicea, 325 d.C.); cómo entender la Trinidad (Constantinopla, 381 d.C.); qué libros componen en Nuevo Testamento (Cártago, 397 d.C.); cómo se debe entender a María (Éfeso, 431 d.C. y Calcedonia, 451 d.C.), etc. Y así comenzó a ganar la ortodoxia: para ser cristiano, necesariamente había que pasar primero por ahí. Por supuesto, con el tiempo esta misma ortodoxia comenzó a generar divisiones, pero no entendidas positivamente como diversidad, sino negativamente, como múltiples ortodoxias, todas correctas (legítimas) para sí mismas y a la vez incorrectas (ilegítimas) para las demás.

Ahora bien, para los que sólo les importa lo que la Biblia dice (ésa delimitada en Cártago en 397 d.C.), y deciden dejar de lado lo que la historia muestra ya ha sido dado el ejemplo de la heterodoxia en el libro de los Hechos. Para ver un ejemplo de ortodoxia se puede hacer una lectura crítica del libro de Esdras, en donde se relata la reconstrucción del Templo de Jerusalén luego de ser destruido por los babilonios. Allí se narra cómo “los habitantes de la tierra” (es decir, lo judíos que no fueron llevados al cautiverio mezclados con otros pueblos) quisieron participar de esa empresa pero les fue prohibido por no ser de determinada manera (un motivo racial). Así, una vez reinstaurada la religiosidad centrada en el Templo, se produjo la expulsión del pueblo de todos los extranjeros, incluidas las mujeres de otras naciones con las que los judíos se habían unido y a sus hijos. Miles de mujeres y niños expulsados de la ciudad por un motivo racial, porque ser judío implicaba ser una de determinada manera, y no de otra.

Por lo expuesto, personalmente considero que el mejor camino para resolver los conflictos es la heterodoxia, porque allí se entiende que el ser diferente no necesariamente es ser antagónico. Se suma en vez de dividir. Sólo en la diversidad se da el enriquecimiento. No nos olvidemos de que el llamar a Dios “Padre/Madre” implica llamar a mi prójimo “hermano”.

junio 03, 2010

No quedará piedra sobre piedra

“Como parte de su enseñanza, Jesús decía:
-Tengan cuidado de los maestros de la ley. Les gusta pasearse con ropas ostentosas y que los saluden en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los lugares de honor en los banquetes. Se apoderan de los bienes de las viudas y a la vez hacen largas plegarias para impresionar a los demás. Éstos recibirán peor castigo.
Jesús se sentó frente al lugar donde depositaban las ofrendas, y estuvo observando cómo la gente echaba sus monedas en las alcancías del templo. Muchos ricos echaban grandes cantidades. Pero una viuda pobre llegó y echó dos moneditas de muy poco valor.
Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:
-Les aseguro que esta viuda pobre ha echado en el tesoro más que todos los demás. Éstos dieron de lo que les sobraba; pero ella, de su pobreza, echó todo lo que tenía, todo su sustento.
Cuando Jesús salía del templo, le dijo uno de sus discípulos:
-¡Mira, Maestro! ¡Qué piedras! ¡Qué edificios!
-¿Ves todos estos grandiosos edificios? –contestó Jesús-. No quedará piedra sobre piedra; todo será derribado”
(Marcos 12:38-13:2).

Resulta interesante la concatenación de relatos que Marcos realiza en su evangelio: primero, presenta a Jesús criticando la religiosidad de los maestros de la ley, que por un lado oprimen a las viudas y por el otro se esmeran en recibir honores por su buena reputación; segundo, describe cómo una viuda pone todo lo que tiene en el tesoro del templo, mientras que los demás lo hacen de lo que les sobra; finalmente, relata cómo Jesús, ante la admiración de uno de sus discípulos, anuncia la destrucción del templo/Jerusalén. A primera vista, estos relatos parecen aislados entre sí, carentes de un elemento conductor que los una, más que la presunta cronología. Ahora bien, si se presta más atención, se puede vislumbrar que en todos se muestra a Jesús condenando la religiosidad del momento: ¿por qué los maestros de la ley son honrados por su reputación mientras oprimen a las viudas y “ponen sobre los demás cargas que no están dispuestos a llevar ellos mismos” (Mateo 23:4)? ¿por qué el templo en vez de proteger a las viudas, los huérfanos, los indigentes, los jornaleros, los extranjeros (como la Torah manda), se encarga de expropiarles todo su sustento? ¿por qué se maravillan los hombres ante la religiosidad estructurada/establecida hasta el punto de no ser capaces de percibir en ella su falta de gracia y justicia (equidad)?

Tal como Jesús anunció, unos cuarenta años luego de su muerte tanto Jerusalén como el templo fueron destruidos por los romanos. Pero, ¿qué tal si Jesús no estuviera hablando estrictamente del edificio concreto, sino del sistema religioso (de opresión) que representaba? ¿Qué si habló de la destrucción del templo como un símbolo, y no como una realidad concreta? Hoy en día, la religiosidad presente en el templo de Jerusalén en el siglo primero sigue vigente en muchas iglesias en el mundo. En nombre de Dios se sigue oprimiendo, o al menos ignorando a los oprimidos. ¿Y si Jesús se refería a esa destrucción? No en términos violentos, por supuesto, sino simbólicos. ¿Si la religiosidad de la injusticia, desigualdad y opresión diera paso a una de gracia, esperanza, justicia y verdad? ¿Si cayeran el egoísmo, el afán por el dinero, el orgullo y la inmisericordia para dar lugar al amor? ¿Si el reino de Dios presente en la Iglesia dejara actuar en él y derramara hacia el mundo su gracia? Personalmente, sueño que así sea.

mayo 20, 2010

Los Censores, de Luisa Valenzuela

¡Pobre Juan! Aquel día lo agarraron con la guardia baja y no pudo darse cuenta de que lo que él creyó ser un guiño de la suerte era en cambio, un maldito llamado de la fatalidad. Esas cosas pasan en cuanto uno descuida, y así como me oyen uno se descuida tan pero tan a menudo. Juancito dejó que se le viera encima la alegría —sentimiento por demás perturbador— cuando por un conducto inconfesable le llegó la nueva dirección de Mariana, ahora en París, y pudo creer así que ella no lo había olvidado. Entonces se sentó ante la mesa sin pensarlo dos veces y escribió una carta. La carta. Esa misma que ahora le impide concentrarse en su trabajo durante el día y no lo deja dormir cuando llega la noche (¿qué habrá puesto en esa carta, qué habrá quedado adherido a esa hoja de papel que le envió a Mariana?)

Juan sabe que no va a haber problema con el texto, que el texto es irreprochable, inocuo. Pero ¿y lo otro? Sabe también que a las cartas las auscultan, las huelen, las palpan, las leen entre líneas y en sus menores signos de puntuación, hasta en las manchitas involuntarias. Sabe que las cartas pasan de mano en mano por las vastas oficinas de censura, que son sometidas a todo tipo de pruebas y pocas son por fin las que pasan los exámenes y pueden continuar camino. Es por lo general cuestión de meses, de años si la cosa se complica, largo tiempo durante el cual está en suspenso la libertad y hasta quizá la vida no sólo del remitente sino también del destinatario. Y eso es lo que lo tiene sumido a nuestro Juan en la más profunda de las desolaciones: la idea de que a Mariana, en París, llegue a sucederle algo por culpa de él. Nada menos que a Mariana que debe de sentirse tan segura, tan tranquila allí donde siempre soñó vivir. Pero él sabe que los Comandos Secretos de Censura actúan en todas partes del mundo y gozan de un importante descuento en el transporte aéreo; por lo tanto nada les impide llegarse hasta el oscuro barrio de París, secuestrar a Mariana y volver a casita convencidos de su noble misión en esta tierra.

Entonces hay que ganarles de mano, entonces hay que hacer lo que hacen todos: tratar ese sabotear el mecanismo, de ponerle en los engranajes unos granos de arena, es decir ir a las fuentes del problema para tratar de contenerlo.

Fue con ese sano propósito con que Juan, como tantos, se postuló para censor. No por vocación como unos pocos ni por carencia de trabajo como otros, no. Se postuló simplemente para tratar de interceptar su propia carta, idea para nada novedosa pero consoladora. Y lo incorporaron de inmediato porque cada día hacen falta más censores y no es cuestión de andarse con melindres pidiendo antecedentes.

En los altos mandos de la Censura no podían ignorar el motivo secreto que tendría más de uno para querer ingresar a la repartición, pero tampoco estaban en condiciones de ponerse demasiado estrictos y total ¿para qué? Sabían lo difícil que les iba a resultar a esos pobres incautos detectar la carta que buscaban y, en el supuesto caso de lograrlo, ¿qué importancia podían tener una o dos cartas que pasan la barrera frente a todas las otras que el nuevo censor frenaría en pleno vuelo? Fue así como no sin ciertas esperanzas nuestro Juan pudo ingresar en el Departamento de Censura del Ministerio de Comunicaciones.

El edificio, visto desde fuera, tenía un aire festivo a causa de los vidrios ahumados que reflejaban el cielo, aire en total discordancia con el ambiente austero que imperaba dentro. Y poco a poco Juan fue habituándose al clima de concentración que el nuevo trabajo requería, y el saber que estaba haciendo todo lo posible por su carta —es decir por Mariana— le evitaba ansiedades. Ni siquiera se preocupó cuando, el primer mes, lo destinaron a la sección K, donde con infinitas precauciones se abren los sobres para comprobar que no encierran explosivo alguno.

Cierto es que a un compañero, al tercer día, una Carta le voló la mano derecha y le desfiguró la cara, pero el jefe de sección alegó que había sido mera imprudencia por parte del damnificado y Juan y los demás empleados pudieron seguir trabajando como antes aunque bastante mis inquietos. Otro compañero intentó a la hora de salida organizar una huelga para pedir aumento de sueldo por trabajo insalubre pero Juan no se adhirió y después de pensar un rato fue a denunciarlo ante la autoridad para intentar así ganarse un ascenso.

Una vez no crea hábito, se dijo al salir del despacho del jefe, y cuando lo pasaron a la sección J donde se despliegan las cartas con infinitas precauciones para comprobar si encierran polvillos venenosos, sintió que había escalado un peldaño y que por lo tanto podía volver a su sana costumbre de no inmiscuirse en asuntos ajenos.

De la J, gracias a sus méritos, escaló rápidamente posiciones hasta la sección E donde ya el trabajo se hacía más interesante pues se iniciaba la lectura y el análisis del contenido de las cartas. En dicha sección hasta podía abrigar esperanzas de echarle mano a su propia misiva dirigida a Mariana que, a juzgar por el tiempo transcurrido, debería de andar más o menos a esta altura después de una larguísima procesión por otras dependencias.

Poco a poco empezaron a llegar días cuando su trabajo se fue tornando de tal modo absorbente que por momentos se le borraba la noble misión que lo había llevado hasta las oficinas. Días de pasarle tinta roja a largos párrafos, de echar sin piedad muchas cartas al canasto de las condenados. Días de horror ante las formas sutiles y sibilinas que encontraba la gente para transmitirse mensajes subversivos, días de una intuición tan aguzada que tras un simple "el tiempo se han vuelto inestable" o "los precios siguen por las nubes" detectaba la mano algo vacilante de aquel cuya intención secreta era derrocar al Gobierno.

Tanto celo de su parte le valió un rápido ascenso. No sabemos si lo hizo muy feliz. En la sección B la cantidad de cartas que le llegaba a diario era mínima —muy contadas franqueaban las anteriores barreras— pero en compensación había que leerlas tantas veces, pasarlas bajo la lupa, buscar micropuntos con el microscopio electrónico y afinar tanto el olfato que al volver a su casa por las noches se sentía agotado. Sólo atinaba a recalentarse una sopita, comer alguna fruta y ya se echaba a dormir con la satisfacción del deber cumplido. La que se inquietaba, eso sí, era su santa madre que trataba sin éxito de reencauzarlo por el buen camino. Le decía, aunque no fuera necesariamente cierto: Te llamó Lola, dice que está con las chicas en el bar, que te extrañan, que te esperan. Pero Juan no quería saber nada de excesos: todas las distracciones podían hacerle perder la acuidad de sus sentidos y él los necesitaba alertas, agudos, atentos, afinados, para ser perfecto censor y detectar el engaño. La suya era una verdadera labor patria. Abnegada y sublime.

Su canasto de cartas condenadas pronto pasó a ser el más nutrido pero también el más sutil de todo el Departamento de Censura. Estaba a punto ya de sentirse orgulloso de sí mismo, estaba a punto de saber que por fin había encontrado su verdadera senda, cuando llegó a sus manos su propia carta dirigida a Mariana. Como es natural, la condenó sin asco. Como también es natural, no pudo impedir que lo fusilaran al alba, una víctima más de su devoción por el trabajo.

abril 01, 2010

El advenimiento de la luz

"En el principio era el Verbo, el Verbo estaba frente a Dios y el Verbo era Dios (...) En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres (...) La luz verdadera que alumbra a todo hombre venía a este mundo (...) Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad; y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre (...) `Nosotros mismos hemos oído y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo´ (...) Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo:`Padre, la hora ha llegado: glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti, pues le has dado potestad sobre toda carne para que dé vida eterna a todos los que le diste. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciera. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo existiera´ (...) Entonces la compañía de soldados, el comandante y los guardias de los judíos prendieron a Jesús (...) Lo crucificaron (...) E inclinando la cabeza, entregó el espíritu (...) Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas (...) El primer día de la semana, María Magdalena fue de mañana, siendo aún oscuro, al sepulcro, y vio quitada la piedra del sepulcro (...) Llegó Jesús y, puesto en medio, les dijo: `¡Paz a vosotros´" (extractos del Evangelio según Juan).

marzo 20, 2010

Dios es negra y sin papeles (*)

Por Helena Maleno Garzón. (**)
Tánger. Marruecos.

Tánger dieciséis de febrero 2010.

Imagina que diste a luz el domingo pasado en un hospital público marroquí. Un niño precioso.
Imagina que te dieron el alta al día siguiente, lunes.
Imagina que volviste a casa, cansada, sangrando del post-parto, con dolores aún en un útero que lucha por volver a su sitio.
Imagina que en casa te está esperando tu niña de dos años y dos meses y tu pareja.
Imagina que esta mañana mientras bañabas al bebé comenzaste a ver que le costaba respirar.
Imagina que corriste al hospital público marroquí.
Imagina que te dijeron que no podían atenderte.
Imagina que fuiste dos veces.
Imagina que la tercera vez tu bebé dejó de respirar casi en la puerta del hospital.
Imagina que pediste auxilio por tu bebé muerto.
Imagina que se lo llevaron a la morgue del hospital.
Imagina que a ti, a tu niña de dos años y dos meses y a tu pareja os llevaron a comisaría.

Ahora imagínate retorciéndote de dolor en las entrañas, el dolor agrio de la muerte de tu hijo, el dolor de un útero que te recuerda recién parida, el dolor de una leche que sube a tus senos duros como piedras. Pero imagínate Negra, imagínate Africana, imagínate Pobre, imagínate Sin Papeles.

Estás sentada, doblada sobre tu vientre en aquel sucio despacho de policías que van y vienen y te hablan en una lengua que no entiendes. Allí te miro e intento traducirte las preguntas que me parecen estúpidas, crueles e inhumanas.
Quieren saber qué hacéis en su reino, cómo habéis entrado y cuánto tiempo lleváis aquí. Quieren saber cómo os llamáis, cómo se llaman vuestros padres y porqué habéis venido.

Tu pareja grita y pide piedad. Sabe que todas las preguntas van dirigidas a justificar una deportación al desierto. Tu pareja grita y te tranquiliza llamándote “honey”.
Tu niña sonríe, juega con su gorro y canta “haleluya”.
La policía busca un intérprete de árabe a inglés para hacer el parte y llevaros a Tribunal.

Me dices que si te deportan al desierto y allí te violan no crees que aguantarás el dolor, que aún estás recién parida.

Un policía se me acerca y me pregunta: ¿Por qué hacéis esto? ¿Por placer? Este amable policía llama “esto” a acompañar a unos padres sumidos en el dolor, a comprar algo de comida para una niña que lleva todo el día sin probar bocado y a intentar traer un poco de humanidad o al menos de buen trato a esa puñetera comisaría.

Entonces le miro, me horroriza su frialdad, y le contesto, lo hacemos por amor. Veo en él a esos seres que comen, cagan y hacen de policía para poder seguir comiendo y cagando. Siento lástima.

Detienen a tu pareja en comisaría y me dicen que como caso humanitario te dejan dormir en casa. Mañana tienes que pasar el Tribunal junto a tu marido.
Te hundes. Es la primera vez que te veo enderezar ese vientre que te duele. Gritas y lloras hasta que un policía te manda callar.

No lo soporto, me puede la escena y le pido por favor que entienda que tu hijo ha muerto hoy, que estás recién parida, que te duelen las entrañas.
Me responde con desprecio que en este reino hay unas leyes, que aquí se hace lo que dice el procurador del rey y que tú eres una Negra Clandestina.

Mañana iremos al Tribunal, mañana un hombre de este reino decidirá si te tiran a ti y a tu niña al desierto de madrugada. A partir de ahí la suerte decidirá si serás violada, si tu hija será raptada o por qué no violada también.

Imagínate que todo eso te ha pasado hoy.
Imagínate que a todas nos duelen sus entrañas.
Imagínate que a todas nos duelen nuestras entrañas.+ (PE/Eclesiala)

(*) Así lo he recibido. Así lo reenvío. Y seguiré arrodillándome, porque hoy he visto a Dios en negro y sin papeles. Fr. Santiago Agrelo Martínez. Arzobispo de Tánger.

(**) Del colectivo Caminando Fronteras